Pasó por primera vez unos veinte días atrás, tal vez un mes. Era sábado, no tenía mucho que hacer ni intenciones de tenerlo. Planificaba pasarme el día mirando películas en la cama o alguna otra cosa que pudiese hacerse sin salir de ella. Lo único que se interponía entre mi día desperdiciado y yo, eran las compras; tenía que ir al supermercado por comida y algunos artículos de limpieza. Ya lo había pospuesto demasiadas veces, no quedaba alternativa, tenía que ir.
Me tomó casi dos horas juntar valor suficiente como para vencer a la pereza, vestirme y salir de la casa. Afuera, las últimas semanas del otoño mostraban una cara fría y azulada. Promesas del invierno cruel que se aproximaba. Sólo ocho cuadras separan mi casa del supermercado donde hago las compras. Ocho cuadras con bastante poco que merezca ser mencionado. Más que nada hay casas de planta baja y primer piso; hay algún que otro edificio y dos comercios típicos de barrio, pero nada más. Todos, todos pintados de blanco o de algún color pastel lavado. Casi nada en que detener la mirada.
Terminadas y pagadas mis compras, puse rumbo de vuelta a mi casa; hacia mi cama y hacia mi apacible e inútil sábado. Se había levantado algo de viento que colaba aire frio de aquel día de otoño por las aperturas de mi ropa, y me hacía apurar el paso dándome escalofríos. Entonces pasó. En una esquina, a mitad de camino, había un hombre parado contra el muro de una casa mirando la calle. No estaba apoyado contra la pared sino con su espalda hacia ésta, bien cerca pero separada unos pocos centímetros. Era corpulento y estaba muy quieto; con una quietud rígida y antinatural que le daba una apariencia lúgubre. Vestía con ropas largas y sueltas de color marrón oscuro y no tenía ni un solo pelo en la cabeza.
Me di cuenta, mientras lo inspeccionaba de lejos con la mirada, que éramos las dos únicas personas en aquella calle de mi barrio: No había nadie más y, al notar eso, me di cuenta además de que yo también estaba quieto. Al ver aquel extraño personaje había dejado de caminar, y me había quedado allí donde estaba, quieto, mirándolo.
En ningún momento volteó para mirarme (ni se movió en lo absoluto), por lo que asumí que no se había percatado de que lo observaba y retomé, con extraña dificultad, la marcha. A cada paso que daba hacia aquella inerte figura un sentimiento, que primero fue inquietud y luego se tornó en un miedo áspero, me crecía en el pecho y en el estomago. No se me ocurrió dar media vuelta y tomar otro camino, ni me pregunté a mi mismo porque habría de sentir miedo por esta persona que no hacía más que estar ahí parada mirando la calle.
No, lo único que pensaba era que debía apretar el paso y asegurarme de no volver a mirarlo. Mantener la vista al frente y pasarle por al lado, sin nunca desviar la mirada. Pero no pude. A dos pasos del extraño busqué involuntariamente su rostro con mis ojos y se cruzaron nuestras miradas. Detuve la marcha y contuve la respiración, por un segundo sentí como si estuviera cayendo y comencé a transpirar. Terminado aquel instante siniestro, desvíe la mirada y seguí mi camino, presa de la desesperanza de no poder entender lo que acababa de ocurrir. No me había dicho nada, no ha había hecho nada. Cuando llegué a casa dejé las bolsas de las compras en la mesada de la cocina (sin poner nada en la heladera) y me metí en la cama. Lo único que quería era que terminara aquel extraño día.
Al despertar la mañana siguiente el miedo y la incertidumbre se habían retirado, y su lugar había sido ocupado por la vergüenza y la curiosidad ¿Qué se había apoderado de mí como para comportarme de esa manera tan ridícula? Cada vez que recordaba el episodio lo hacía sacudiendo la cabeza, con resoplidos cortos de incredulidad. Me sentí verdaderamente idiota.
Al pensar luego en el extraño en si mismo, recordé algo de lo más curioso. Mientras que su figura y su postura, grande, corpulenta y rígida, tensamente preparada para algo desconocido por mí, resultaba fiera y amenazadora; su cara era completamente distinta. Era un rostro vacio e inexpresivo, imposible de describir o explicar, ni siquiera era capaz de decir si era masculino o femenino. Ver de lejos aquella figura amenazante me había turbado, mas era aquel semblante, humano y a la vez carente de humanidad, lo que me había aterrado. Algo dentro de mi estomago se estremeció entonces y decidí dejar de pensar en el tema. Hice lo mejor que pude para mantener mi cabeza ocupada en otras cosas el resto del día y me fui a dormir tranquilo y sin problemas. Sin saber que volvería a suceder.
Y así fue. Ocurrió nuevamente cuatro días después (o, por lo menos, creo que volvió a ocurrir). Volvía a casa del trabajo, me había quedado a terminar unas cosas y empezaba a anochecer, hacía frio (como casi siempre en aquel invierno prematuro) y la luz del día menguaba. Al salir del edificio donde trabajo, fui a cruzar la calle y miré primero a la izquierda y luego a la derecha. Entonces, pude ver una enorme figura que se alejaba de mí, daba vuelta a la esquina y desaparecía. Se me cortó el aliento y todas las mismas sensaciones de la vez anterior fluyeron en mí ¿Había sido otra vez la misma persona? Está vez se movía, caminaba, pero lo hacía con la misma tensa rigidez con la que antes permanecía inmóvil. Y sentí el mismo miedo. Un miedo punzante que no había sentido en esos cuatro días tranquilos, repletos de conocidos y extraños.
Nada que hacerle, había sido sólo un momento y ya había pasado. Hice lo mejor que pude para calmarme (sin lograrlo por completo), y me fui a casa.
Después de eso empezó a pasar más y más, nunca como la primera vez, nunca con esa claridad, pero podía verle cada tanto en la calle, de reojo, a un costado de mi visión o cuando hacía algo imprevisto como darme la vuelta sin razón. La primera vez simplemente estaba ahí, sin prestarme atención, ahora parecía que cada vez que yo le veía intentaba evitarme; pero siempre estaba ahí. Ahora me estaba siguiendo, me acosaba. Dios Santo, ¡¿por qué levanté la mirada, por qué dejé que me viera?!
Lo peor era, sin dudarlo, su rostro, cuando le veía alejándose de mí o escondiéndose entre la multitud, su pavorosa figura me llenaba repentinamente de miedo. Mas, cuando llegaba a mirarle la cara, ese horrible rostro seco e inexpresivo que asemejaba un ser humano pero que yo sabía no lo era, entonces el miedo era mucho peor. Aun más inmediato, y más absoluto y más cortante. Me consumía por dentro, como si el suelo bajo mis pies colapsase y estuviese yo por caer pero nunca cayese ¿Qué quería de mí? ¿Por qué me seguía a todas partes?
Empecé a vivir en constante temor. Dejé de salir de mi casa si no era absolutamente necesario, hice instalar cerraduras adicionales en la puerta (las cuales me cercioraba varias veces por día que estuviesen cerradas) y jamás abría las ventanas. Me pasaba horas y horas en la cama, en el único lugar en que sentía alguna semblanza de paz; todo, más allá de estar ahí metido, me parecía riesgoso y cansador. Nada lograba distraerme lo suficiente como para ignorar por completo la idea de mi perseguidor; idea siempre presente en mi mente, debajo de todo, detrás de todo. Para peor, ya no podía soportar el frio de ese maldito invierno de junio ¿Era esto acaso lo que buscaba aquella criatura (pues ya no podía asegurar que fuese realmente humana)? Hacerme enloquecer, torturarme hasta que perdiera la razón ¿Era todo un juego perverso al que me sometía? ¿O era acaso algo más? Debilitarme; llevarme hasta el punto en que no tenga forma de saber dónde estoy, ni qué es qué. Nublar, no sólo mi mente, sino también mis instintos ¿Para qué? Para dejarme incapaz de defenderme. Para poder atacar sin arriesgarse a que yo responda.
Todavía iba a trabajar. Sólo salir de mi casa era una tortura, pero todavía iba a trabajar. Era mi única obligación y la cumplía pese a todo. Mas también allí me alcanzó.
Por supuesto que mis compañeros notaban que algo ocurría. Hacía todo lo posible para que no se viese el efecto que su implacable persecución tenía en mí, pero lentamente todos comenzaban a darse cuenta de que algo no estaba bien. Se miraban entre ellos mientras hablábamos y yo decía algo fuera de lugar. Conversaban en susurros que se interrumpían si yo me acercaba. Me preguntaban tímidamente (o tal vez impertinentemente) si estaba bien, y me miraban con cara de dulce incredulidad cuando les decía que sí. Sabían, ellos sabían. Pero, ¿cuánto sabían? ¿Qué sabían?
Hoy recibí un mensaje de mi jefe en mi computadora. Ya era tarde y no quedaba nadie más en el piso. Me pedía que fuera a su oficina para «discutir algunos temas». Me pasé un rato respirando profundo hasta juntar fuerzas y finalmente fui donde mi jefe. Al cruzar la puerta estaba allí. No podía respirar, no podía moverme, se me heló el corazón adentro del pecho y pude sentir el más terrible de los fríos recorriéndome toda la piel. Ese ser maligno, ese monstruo que me perseguía estaba allí, delante mío, sentado en el escritorio de mi jefe. Su expresión era tan ausente ahora como todas las otras veces. Simplemente estaba allí, mirándome, sin hacer nada, absolutamente quieto; pero mirándome. Con esos ojos carentes de vida.
No sé cuánto tiempo estuve allí, parado, inmóvil, pero pude finalmente retroceder y salir; escaparme. Todavía no había logrado quebrarme por completo, pero había conseguido todo lo demás que se había propuesto. Sé perfectamente que no estaba allí, esta vez no me quedan dudas. No había manera de que entrara al edificio; me lo había imaginado. Por eso me persigue, por eso está siempre allí pero nunca se me acerca. Quiere que pierda la razón, que le vea aún cuando no está. Quiere que no pueda separar la realidad del delirio. Y ya no puedo, lo logró. Caminado ahora por la calle fría, no tengo manera de saber cuántas veces le vi, y cuantas veces creí verle. Todavía tiemblo. Tengo las ropas cubiertas de transpiración y no sé donde estoy. Son pocas cuadras desde el trabajo hasta mi casa, he recorrido el camino mil veces, y aun así no logro reconocer nada a mí alrededor. Dios santo, ¡¿qué me pasa?!
Allí está nuevamente, delante de mí, mirándome. Pero esta vez se mueve; se mueve hacía mi; viene por mí. Y esta vez el miedo es absoluto. Nada hay dentro de mí más que terror. Ya no puedo moverme; ya no podré moverme; no esta vez. Está muy cerca. Vuelvo a respirar, pero rápido, agitado, entrecortado; sé lo que está por pasar. No puedo hacer nada para evitarlo, ya no puedo ni pensar. Está muy cerca. Se detiene. Me mira. Levanta el brazo y lo extiende hacía mí.
Me toca. Me agarra. Me atrapa.
Autor Javier Banchii